Sobre lo monstruoso y lo femenino

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El vínculo entre las mujeres y lo macabro no es una noción contemporánea, ni tampoco una tendencia pasajera. Históricamente, el terror ha hecho las veces de verdugo y refugio de la mujer, y, en el último par de siglos, de escudo para adolescentes extrañas y espejo metafórico de la experiencia femenina, aunque a priori puedan parecer conceptos lejanos.

El centro de todo ello se remonta al cuerpo: las mujeres monstruosas pueblan nuestro imaginario desde la Antigüedad, desde Medusa hasta Aracne o Melusina. Mitad animal, mitad mujer “maligna”, castigada, inmoral, mutante. Después, en los albores de la Edad Moderna, los artistas, el folclore y la misoginia hicieron su trabajo con las brujas: ancianas decrépitas y jóvenes de belleza venenosa aterrorizaban los pueblos, tentaban a los hombres de fe y ensombrecían las nanas de cuna; fueron inmortalizadas en los grabados de Durero y los lienzos terroríficos de Salvator Rosa, y después fueron las protagonistas satirizadas de Goya y sus aquelarres.

En algún momento las mujeres monstruo pasaron de ser un arma arrojadiza a contemplar un doble filo, y desde hace unos años son símbolos andantes de empoderamiento femenino. Lo que cambió fue la mirada. Las mujeres, desembarazándose del male gaze, se apropiaron del miedo, pues comprendían mejor que nadie lo que significa habitar el horror. Hallaron su voz, y, para ello, se sirvieron del terror: Ann Radcliffe se apoderó de los castillos decadentes y los entes sobrenaturales. Mary Shelley creó a Frankenstein y el mundo enloqueció.

La novela gótica estuvo capitaneada por mujeres brillantes —como las hermanas Brönte o Elizabeth Gaskell, y más adelante Shirley Jackson— que materializaron el patriarcado en presencias y abominaciones, incluso en el propio ‘yo’: damas victorianas en camisón atormentadas por presencias fantasmales, poseídas por espíritus malignos que encarnaban nada más y nada menos que sus propios deseos, pecados e impulsos más íntimos. Lunáticas encerradas en desvanes, fantasías esotéricas y papeles pintados de amarillo escondían, realmente, vivencias de carne y hueso: una depresión postparto, una muerte cercana o la herencia de un silencio institucionalizado.

El terror permite explorar el tabú, el deseo, la vergüenza y el ocultamiento de determinadas facetas de la naturaleza humana, algo que las mujeres llevan inscrito en los huesos por herencia. Con la popularización del body horror en el cine de los 70 y los 80 —y décadas después con el boom de los años 2000—, un delicioso y doloroso escenario irrumpió con fuerza: la violencia de la adolescencia y el paso a la madurez. Pensemos en la dulce y atormentada Carrie: a través del infierno que vivió, Stephen King denunció el acoso escolar en los institutos americanos y diseccionó temas como el trauma familiar y religioso y la menstruación. En Ginger Snaps (2000, Fawcett) navegar la pubertad y habitar el cuerpo siendo una chica se convierte en una experiencia pesadillesca y mortal para su protagonista, que acaba mutando hasta convertirse en mujer lobo y devorar a la mitad de su pueblo.

Hoy tenemos films como La Sustancia o Una chica vuelve a casa sola de noche —un western iraní de vampiros en el que el título habla por sí mismo—, y también la escritura de autoras como Mariana Enriquez para recordarnos que el terror puede ser arma, hogar y espejo de la violencia que arrastra consigo la experiencia femenina.

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