El lujo de llegar con historia
Quizá el verdadero lujo de una RIMOWA no sea llegar intacta, sino llegar contigo, después de haber vivido. Hay viajes que empiezan mucho antes de salir de casa. Una maleta espera junto a la puerta mientras todavía queda tiempo para un último café, una conversación o para comprobar, una vez más, que no hemos olvidado nada. Todavía no hemos tomado un avión ni hemos cruzado una frontera, pero algo ya ha cambiado: durante unos días vamos a mirar el mundo desde otro lugar.
El otoño invita especialmente a hacerlo
Cambia la luz, cambia el ritmo de las ciudades y vuelven las mesas largas, los mercados, los cafés y los restaurantes donde apetece quedarse un poco más. Las calles recuperan cierta calma después del verano y el paisaje adquiere otros tonos. Es una buena época para viajar sin la necesidad de verlo todo, dejando espacio para aquello que aparece sin haberlo buscado.
Una comida que termina alargándose. Una pequeña tienda en la que entramos por curiosidad. Una bicicleta que nos lleva más lejos de lo previsto. Una conversación con alguien que no conocíamos. Un café tomado junto a una ventana mientras fuera empieza a llover. Son momentos que rara vez forman parte del plan, pero que muchas veces terminan siendo los que más recordamos.
En medio de todo eso, una maleta parece un objeto sencillo. Sin embargo, pocas cosas están tan presentes durante un viaje como el equipaje que llevamos con nosotros. Está en casa antes de partir, nos acompaña durante el trayecto y vuelve a entrar por la misma puerta cuando todo ha terminado.
La historia de RIMOWA comenzó en Colonia en 1898
Cuando Paul Morszeck abrió un taller de artículos de talabartería. Con el tiempo, el negocio evolucionó hacia la fabricación de baúles y maletas y, durante la década de 1920, comenzó a trabajar con aluminio. En 1950 aparecieron las estrías que hoy forman parte inseparable de la identidad de la Maison, inspiradas en el lenguaje de la aviación y en los primeros aviones totalmente metálicos.
Desde entonces, RIMOWA ha acompañado la evolución de la manera en que viajamos, incorporando nuevos materiales y tecnologías sin abandonar una idea esencial: crear piezas concebidas para durar.
Y es con el uso cuando esa idea adquiere una dimensión diferente.
Una maleta nueva tiene algo de perfecto. El aluminio está limpio, las estrías intactas y las esquinas todavía no tienen ninguna historia que contar. Después llega el primer viaje. Luego otro. Un tren, una carretera, un aeropuerto, un barco, una habitación de hotel. Hasta que aparece el primer arañazo.
Después llega una pequeña abolladura. Una pegatina. Una esquina que ya no conserva exactamente el aspecto del primer día. No siempre sabemos dónde ni cuándo apareció cada marca. Pero sabemos que pertenece a algún lugar en el que estuvimos.
Ahí es donde una RIMOWA empieza a ser algo más que una pieza de equipaje. El aluminio conserva físicamente aquello que nosotros solemos guardar en la memoria: el rastro de haber pasado por algún sitio. La maleta no recuerda aquella comida, aquella conversación o aquella tarde caminando sin rumbo. Pero estuvo allí. Estuvo cuando llegamos, cuando nos fuimos y durante todo lo que ocurrió entre ambos momentos.
Con el tiempo, esa presencia se vuelve personal
Una pegatina puede devolvernos a una ciudad. Una abolladura puede pertenecer a un viaje que apenas recordamos. Un arañazo puede aparecer en un momento que, en su día, no tuvo ninguna importancia y que años después forma parte de la historia de la pieza.
Por eso resulta interesante la relación entre una RIMOWA y el paso del tiempo. Su valor no depende únicamente de conservar la apariencia del primer día. También está en su capacidad para acompañar muchos otros días después de aquel.
El lujo, entendido así, tiene menos que ver con la perfección que con la permanencia. Con tener algo que puede utilizarse, viajar, cambiar y seguir formando parte de nuestra vida.
Una maleta puede transportar ropa, libros, objetos que hemos comprado durante el viaje. Pero también puede terminar transportando algo menos tangible: la evidencia de que hemos estado en determinados lugares y de que esos lugares han pasado, de alguna manera, por nuestra vida.
Porque viajar no consiste solamente en llegar
También consiste en todo aquello que sucede cuando estamos lejos de casa: descubrir una ciudad a través de su comida, sentarnos en una plaza sin mirar la hora, entrar en un restaurante porque nos lo recomendaron, caminar bajo una lluvia inesperada o volver al hotel después de un día que terminó siendo completamente distinto de lo que habíamos planeado.
Son esas experiencias las que hacen que un destino deje de ser simplemente un lugar y se convierta en un recuerdo.
Y cuando llega el momento de volver, la maleta regresa con nosotros. Quizá lleva dentro algo que no estaba cuando salimos: un libro, una botella, un objeto comprado casi por casualidad. Pero también vuelve diferente por fuera. Tiene una nueva marca, una nueva pegatina, alguna señal más del camino.
Con los años, aquella maleta que un día parecía impecable puede estar llena de pequeñas imperfecciones. Y precisamente entonces puede resultar más nuestra que nunca. Porque ya no habla solamente de cómo fue fabricada. Habla de cómo fue utilizada.
De los lugares a los que llegó. De los kilómetros que recorrió. De las veces que estuvo junto a nosotros cuando todavía no sabíamos qué iba a suceder durante aquel viaje.
Más de un siglo después de aquel primer taller de Colonia, RIMOWA continúa desarrollando piezas en las que el diseño y la ingeniería son esenciales. Pero ninguna marca puede diseñar la historia que una maleta terminará llevando consigo.
Esa historia la escribe quien viaja con ella.
Y quizá ese sea el verdadero lujo de llegar con historia: no volver con una maleta intacta, sino con una que ha cambiado un poco porque nosotros también lo hemos hecho.
Una maleta que, al verla años después, no necesita explicarnos dónde ha estado.
Nosotros lo sabemos.