Aprender a entender el tiempo a través de los materiales
Hay una relación difícil de explicar entre un paisaje y la persona que crece en él. En el caso de Aran Lozano, los Pirineos no son únicamente el lugar donde vive: son el origen de una manera de observar. Creció rodeado de montaña, piedra, madera y oficios tradicionales, en una familia donde hacer cosas con las manos formaba parte de la vida cotidiana. Su padre, artesano, trabajaba la madera y el cuero; él creció entre herramientas, materiales y procesos que exigían tiempo.
Aran Lozano / Amarist Studio
Hay una relación difícil de explicar entre un paisaje y la persona que crece en él. En el caso de Aran Lozano, los Pirineos no son únicamente el lugar donde vive: son el origen de una manera de observar. Creció rodeado de montaña, piedra, madera y oficios tradicionales, en una familia donde hacer cosas con las manos formaba parte de la vida cotidiana. Su padre, artesano, trabajaba la madera y el cuero; él creció entre herramientas, materiales y procesos que exigían tiempo.
Esa relación con la materia permanece en Amarist Studio, la práctica que Lozano desarrolla entre la escultura y el diseño coleccionable. Su trabajo parte de una fascinación por los procesos naturales de transformación: la erosión, la sedimentación, la fosilización o las marcas que el agua y el hielo dejan sobre el paisaje. No reproduce esas formas; observa cómo se producen y utiliza esa lógica para desarrollar su propio lenguaje.
El alabastro ocupa un lugar especial
Algunas de las principales canteras se encuentran cerca de su lugar de residencia y Lozano lo conoce desde joven. También trabaja con madera, hormigón y luz, combinando técnicas artesanales con modelado digital, CNC y experimentación material. La tecnología no sustituye el trabajo manual, sino que amplía las posibilidades de una práctica que sigue dependiendo de la relación directa con cada pieza.
En el taller, el proceso comienza normalmente con una idea y continúa directamente sobre el material
Lozano no suele trabajar con dibujos exhaustivos ni modelos definitivos. Prefiere establecer un diálogo con la materia y permitir que sus propias características modifiquen el resultado. Una veta, una textura o una irregularidad pueden terminar determinando la forma final. En ese margen entre lo previsto y lo descubierto reside buena parte de su proceso creativo.
Su imaginario también mira hacia delante
Lozano imagina paisajes transformados y futuros en los que nuestras referencias actuales podrían convertirse en restos de una civilización desaparecida. De ahí surge una de las ideas que mejor resume su trabajo: restos arqueológicos de un futuro que todavía no existe. Sus piezas parecen situarse precisamente en ese punto de tensión entre algo que reconocemos y algo que todavía no sabemos nombrar.
Él mismo define su lenguaje como Natural Brutalism, una expresión que reúne dos mundos aparentemente opuestos: la fuerza y crudeza de los materiales y la transformación constante de la naturaleza. Pero más que una etiqueta, su trabajo parece construido alrededor de una pregunta sencilla: qué ocurre cuando dejamos de entender los materiales como objetos y empezamos a observarlos como parte de una historia mucho más larga que la nuestra.
Quizá ahí está la conexión más profunda entre Lozano y el paisaje que lo rodea. Sus piezas no intentan congelar el tiempo, sino hacer visible su paso. La materia cambia, se erosiona, acumula marcas y adquiere nuevas formas. Él simplemente interviene en ese proceso durante un instante.
Un hombre que creció en los Pirineos y aprendió a entender el tiempo a través de los materiales.